DESCRIPCIÓN:
Siguiendo el enfoque provocador de mis últimos post, y encontrándonos en plena primavera, quería escribiros sobre una planta que adornan nuestros campos, pero que sin embargo pocas plantas como esta, despiertan tanta unanimidad entre los agricultores convencionales y algunos técnicos de mediana edad. Incluida por muchos de forma sistemática en el grupo de las “malas hierbas”, terminología que incluso recuerdo... daba nombre, en la actual Escuela Técnica Superior de Ingeniería Agronómica de la Universidad de Sevilla, a toda una asignatura como "Malherbología" dedicada al estudio y control de las "mal llamadas (a mi entender...) malas hierbas". Me refiero a las amapolas (Papaver spp), donde su mera presencia en los campos de cultivos, activa una respuesta casi automática de forma inmediata entre agricultores y algunos técnicos de mi generación, que no es otra que su eliminación a toda costa. Pero... ¿y si el problema no estuviera en las amapolas, sino en la simplificación que hemos hecho de nuestro agroecosistema?.
Especie oportunista que coloniza rápidamente suelos removidos, aprovechando las condiciones favorables del agroecosistema.Tenemos que tener presente que la máxima simplificación de la agricultura, es el monocultivo, donde la diversidad funcional del agroecosistema se reduce a su mínima expresión y por ende su capacidad de autoregulación. Como consecuencia directa de esta pérdida de biodiversidad, es la dependencia de "imputs" externos como herbicídas e insecticidas, y presisamente lo que se traduce con ellos es la propia merma de la fauna auxiliar. Provocando que nuestros cultivos sean aún más vulnerables ante desequilibrios y por tanto, aumentando la citada dependencia a los fitosanitarios, en una espiral de simplificación y dependencia donde la pérdida de biodiversidad funcional, reduce la resiliencia del agroecosistema obligando a sustituir procesos ecológicos por insumos externos.
Las amapolas (Papaver spp., especialmente Papaver rhoeas o Papaver somniferum) han sido tradicionalmente vilipendiadas y perseguidas, especialmente en cultivos extensivos de cereal por su competencia por luz, agua y nutrientes, donde, en estos casos, indudablemente, en los primeros estadíos de nascencia, sí se comportan como adventicias competitivas relevantes. Ahora bien, este hecho no debería llevarnos a considerarlas “malas hierbas” per se, sino a entender su comportamiento en función del contexto en el que se desarrollan. Como sabéis, en este vuestro blog no vais a encontrar este término al referirnos a estas especies vegetales, sino más bien su denominación bajo el apelativo de plantas adventicias o arvenses, como os adelantaba. Ya que, desde un enfoque agroecológico, su papel no es unívoco y, en determinados contextos, pueden integrarse perfectamente como elementos funcionales del agroecosistema. Donde su manejo como cubierta, por ejemplo en cultivos leñosos, no sólo protege el suelo, mejora la estructura edáfica y reduce la erosión, sino que además favorece la fauna auxiliar en parcelas normalmente simplificadas. Su ciclo anual y su porte bajo permiten compatibilizar su presencia sin suponer una amenaza para cultivos con sistemas radiculares bien desarrollados, como ocurre con los leñosos. Por tanto, el considerarla buena o mala va a depender del tipo de cultivo, pero también del momento fenológico, la densidad poblacional y el manejo agronómico (laboreo, cubiertas, siegas, etc.).
En realidad, la opinión de estas especies adventicias no es homogénea entre agricultores, ya que está profundamente condicionada por el tipo de sistema productivo. En cultivos herbáceos, caracterizados por ciclos cortos y ventanas de producción limitadas, la presencia de flora espontánea suele interpretarse como una amenaza directa, al competir en fases críticas del cultivo que suelen poner nerviosos a los agricultores precipitando en algunos casos tratamientos preventivos. Por el contrario, en cultivos leñosos, donde los ciclos son más largos y el sistema presenta una mayor estabilidad estructural, la presencia de determinadas especies puede ser toleradas, e incluso integradas como parte de la cubierta vegetal. Por tanto, una amapola es percibida por un agricultor de cultivos herbáceos, de una manera bien distinta a un agricultor de cultivos leñosos, y máxime si este último realiza un manejo agroecologico, que la verá indudablemente como una aliada más de su cubierta vegetal.
La amapola común, es una especie herbácea anual ampliamente distribuida en los agroecosistemas mediterráneos, especialmente asociada a cultivos cerealistas y a suelos removidos. Su presencia, ligada históricamente a la actividad agrícola, la convierte en una de las arvenses más reconocibles del paisaje agrario andaluz.
Detalle del capítulo floral cerrado.Lejos de ser un elemento meramente ornamental o una “mala hierba”, su aparición responde a dinámicas ecológicas propias de sistemas poco intensificados, donde la perturbación del suelo y la ausencia de tratamientos herbicidas favorecen su desarrollo, luego ya es un indicador a tener en cuenta per se.
Como dato curioso sobre esta especie, apuntaros que durante el pasado siglo la amapola se convirtió en todo un símbolo de paz profundamente ligada a la memoria y a la esperanza entre conflictos bélicos, pues durante las sucesivas guerras mundiales que tuvieron lugar en Europa, el terreno del campo de batalla quedaba expuesto a una gran actividad y a la devastación de los cultivos, momento en que aprovechaba esta gran oportunista, para crecer y colonizar esos espacios entre trincheras altamente removidas, en las zonas consideradas como ‘tierra de nadie’. Es por ello, por lo que su floración, evoca a la esperanza que se origina en esa tierra de nadie en pleno caos y devastación. Donde países como Reino Unido, consideran a esta planta como todo un icono conmemorativo asociado al recuerdo de los caídos, y a la idea de esperanza que emerge precisamente, en medio de esa sin razón que es una guerra.
BIOLOGÍA:
Las amapolas pertenece a la familia Papaveraceae, comportándose como una especie anual, donde su germinación está ligada a la movilización del suelo, es decir al laboreo. Su floración primaveral, la hace coincidir con la nascencia del cereal, donde normalmente ha sido arado el suelo para su preparación y siembra.
Su alta producción de semillas con capacidad de persistencia en el suelo como banco de semillas, la hace especialmente resistente, pudiendo permanecer viables durante décadas en el suelo, germinando únicamente cuando se produce una perturbación que las activa, como el arado del terreno que al moverlas permiten quedan expuestas a la luz por unos instantes... suficiente para activar su germinación. Sus flores presentan pétalos vistosos, pero lo más relevante desde el punto de vista ecológico es la abundancia de estambres, lo que se traduce en una elevada producción de polen para nuestros auxiliares.
Aunque es un floración efímera, su contribución al agroecosistema no debe subestimarse. Cada flor apenas permanece abierta unos días, pero la planta compensa esta brevedad mediante una floración escalonada y abundante en el tiempo en la misma planta. Desde el punto de vista funcional, destaca especialmente su elevada producción de polen, recurso esencial para numerosos polinizadores, en particular abejas solitarias y otros himenópteros, que dependen de este aporte proteico para el desarrollo de sus larvas. A diferencia de muchas especies florales, la amapola no produce néctar, por lo que su atracción se basa exclusivamente en el polen, favoreciendo así la visita de polinizadores más eficientes, como las abejas, que mediante las escopas de sus patas están especializadas en su recolección. Además, el color de este, como veremos más adelante, también contribuye a la selección del polinizador. En sistemas agrícolas simplificados, donde la oferta floral suele ser limitada, la amapola puede desempeñar un papel relevante como recurso trófico temporal, contribuyendo al mantenimiento de poblaciones específicas de fauna auxiliar y, en consecuencia, a la estabilidad del propio agroecosistema.
Recordar que la amapola no invade el campo: lo recuerda. Aparece donde el suelo ha sido removido, donde la historia agrícola sigue latente.
ESPECIE CONTROLADA / FUNCIÓN ECOLÓGICA:
Aunque no actúa directamente sobre una plaga concreta, Papaver rhoeas desempeña funciones relevantes dentro del agroecosistema:
- Fuente importante de polen para polinizadores. Constituyendo un recurso relevante de polen, especialmente para abejas solitarias, abejorros y otros himenópteros, siendo fundamental para la alimentación larvaria.
- Incremento de la diversidad de insectos. Su presencia favorece la atracción y mantenimiento de una mayor diversidad de insectos, contribuyendo a la complejidad biológica del sistema.
- Contribución al mantenimiento de la actividad biológica en primavera. Actúa como recurso trófico en momentos en los que la oferta floral puede ser limitada en sistemas agrícolas simplificados.
- Soporte de otra fauna auxiliar no polinizadora. El polen es utilizado también por insectos auxiliares como sírfidos y algunos parasitoides en fase adulta, contribuyendo de forma indirecta a la regulación biológica.
- Protección y cobertura del suelo. En fases tempranas, ayuda a cubrir el suelo, reduciendo la erosión, la escorrentía y la pérdida de humedad.
- Contribución a la estructura del suelo. Su sistema radicular favorece la aireación y la infiltración, participando en la mejora de la dinámica edáfica.
- Especie indicadora de dinámica del suelo. Frecuente en suelos removidos, puede interpretarse como indicadora de perturbación y de un banco de semillas activo.
- Refuerzo de las redes tróficas. Forma parte de la base alimentaria de distintos organismos, favoreciendo la presencia de depredadores y aumentando la complejidad del agroecosistema.
- Conectividad ecológica del paisaje agrario. Su distribución en lindes y parcelas facilita la continuidad de hábitats para insectos, especialmente en paisajes fragmentados.
- Regulación microclimática local. En cubiertas vegetales, contribuye a moderar la temperatura del suelo y a reducir la evaporación.
Su papel no es el de regulador directo, sino el de soporte funcional del agroecosistema, porque pocas veces se menciona que, durante su breve floración, puede sostener una parte importante de la actividad biológica del agroecosistema. Es decir, más allá de su papel como fuente de polen, la amapola actúa como un elemento estructural del agroecosistema, contribuyendo a la complejidad biológica, la funcionalidad del suelo y la estabilidad de las redes tróficas.
La amapola por tanto, no es sólo una especie presente en el cultivo, sino un elemento que, en función del contexto, puede contribuir a sostener procesos ecológicos claves dentro del agroecosistema.
MEDIDAS PARA FAVORECER SU PERMANENCIA EN NUESTRO AGROECOSISTEMA:
La presencia de la amapola (Papaver spp) en el agroecosistema no debe entenderse como un objetivo en sí mismo, sino como el resultado de un manejo que favorezca la biodiversidad funcional sin comprometer la viabilidad del cultivo. En este sentido, su regulación y permanencia puede potenciarse mediante las siguientes prácticas:
- Reducción del uso de herbicidas. La eliminación sistemática de flora arvense impide el desarrollo de especies con potencial funcional. La disminución o eliminación de herbicidas selectivos permite la expresión del banco de semillas existente en el suelo.
- Mantenimiento de manejos extensivos. En cultivos leñosos (olivar, almendro, viñedo, frutales), el mantenimiento de cubiertas vegetales, con siegas selectivas, favorece la presencia de amapola sin generar competencia significativa al no mover demasiado el terreno.
- Siegas escalonadas y no generalizadas. Evitar la eliminación total de la vegetación en momentos clave permite mantener recursos florales disponibles para la fauna auxiliar.
- Conservación de márgenes, lindes y zonas de refugio. Las zonas no productivas actúan como reservorios de biodiversidad, facilitando la persistencia y dispersión de especies como la amapola.
- Laboreo reducido. El manejo del suelo condiciona directamente su emergencia, pudiendo regular sus poblaciones en función de la intensidad y momento de la perturbación.
- Evitar la competencia en fases críticas del cultivo. En cultivos herbáceos, su presencia debe gestionarse para evitar interferencias en estadios sensibles, permitiendo su desarrollo en bordes o zonas menos competitivas. La reducción del laboreo para no se produzca una explosión de la especie es fundamental.
- Fomento de la heterogeneidad del sistema. La diversificación del agroecosistema (rotaciones, cubiertas, márgenes, policultivos, variedades intraespecíficas del cultivo...) incrementa la resiliencia y permite la integración de especies espontáneas con función ecológica.
Favorecer la amapola no implica permitir su proliferación descontrolada, sino integrarla de forma compatible con el sistema productivo, entendiendo su papel dentro de la biodiversidad funcional del agroecosistema.
Su gestión debe orientarse al equilibrio, evitando tanto su eliminación total como su proliferación excesiva.
La amapola es un buen ejemplo de cómo determinadas especies, tradicionalmente consideradas indeseables, pueden desempeñar un papel relevante en el funcionamiento del agroecosistema.
Como decía, no todas las plantas útiles actúan directamente sobre las plagas; algunas lo hacen sosteniendo procesos esenciales, como la polinización o la biodiversidad general del sistema. En este sentido, su presencia no debe interpretarse únicamente desde una perspectiva productiva inmediata, sino como parte de un entramado ecológico más amplio, donde cada elemento contribuye, en mayor o menor medida, a la resiliencia del conjunto.
En lindes y márgenes, la amapola encuentra su espacio, actuando como reservorio de biodiversidad en el agroecosistema.
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