DESCRIPCIÓN
En los agroecosistemas bien conservados, bajo piedras, terrones de suelo o entre los restos de hojarasca, habita un grupo de escarabajos discretos pero extraordinariamente eficaces. Se trata de una familia muy numerosa de coleópteros que desempeña una labor silenciosa y fundamental en el equilibrio del agroecosistema. A ellos, conocidos como carábidos, dedicaré esta entrada.
Miembros de la Familia Carabidae, representan un conjunto de escarabajos terrestres muy diverso dentro del orden Coleoptera y uno de los grupos más interesantes desde el punto de vista morfológico, ecológico y evolutivo. Más allá de su diversidad de formas, tamaños y colores, estos insectos desempeñan un papel clave en numerosos agroecosistemas gracias a su marcado carácter depredador y a su estrecha relación con el suelo, razones más que suficientes para que engrosen nuestra particular lista de fauna auxiliar.
Como es bien conocido, el orden Coleoptera constituye el grupo de animales más diverso del planeta. Con cerca de 400.000 especies descritas, por lo que los escarabajos representan aproximadamente el 25% de la biodiversidad mundial. Dentro de este inmenso grupo, los carábidos conforman una familia con alrededor de 40.000 especies descritas a nivel global, lo que los sitúa entre las familias más diversas de los coleópteros.
Gracias a su extraordinario éxito evolutivo, han colonizado prácticamente todos los ambientes terrestres conocidos, desde zonas agrícolas y forestales hasta ecosistemas de alta montaña. Están presentes en todos los continentes, con la única excepción de la Antártida, como ya comentábamos en la entrada dedicada a las hormigas, donde el continente helado no es un sitio acogedor para nadie, y menos para los insectos por una combinación de limitaciones ambientales extremas que chocan directamente con su biología como: temperaturas letales, ambiente extremadamente seco, falta de vegetación y alimento, fotoperiodos extremos. Aunque, como casi siempre en biología..., existe alguna excepción que confirma la regla, como es el caso de la especie Belgica antarctica, un pequeño quironómido áptero que vive en zonas costeras muy concretas del continente antártico, nada que ver con nuestro protagonista de hoy.
El origen de los coleópteros se remonta a mediados del Carbonífero, hace más de 300 millones de años, mucho antes de la aparición de los primeros vertebrados terrestres. Esta larga historia evolutiva explica en parte la enorme plasticidad ecológica de los carábidos y su capacidad para adaptarse a condiciones ambientales muy diversas. Conviene recordar el extraordinario recorrido evolutivo de los insectos, presentes en la Tierra desde hace 100 millones de años antes de la aparición de los primeros vertebrados.
A pesar de su adaptación y de su variedad cromática y morfológica, reconocer a un carábido resulta relativamente sencillo si observamos algunos rasgos comunes: la cabeza es siempre más estrecha que el pronoto, los ojos suelen ser prominentes (adaptados a su actividad crepuscular y nocturna) y las antenas se insertan entre los ojos y las mandíbulas. Estas últimas, fuertes y en forma de auténticas cizallas, delatan su carácter netamente depredador, junto con la rapidez de movimiento fruto de una dieta rica en nitrógeno.
BIOLOGÍA
Los carábidos son excelentes bioindicadores del estado del suelo y del funcionamiento de los agroecosistemas. Muchas de sus especies desarrollan todo su ciclo vital en estrecha relación con el suelo, participando indirectamente en procesos como la fragmentación de la materia orgánica, la aireación del sustrato y la mejora de la infiltración del agua.
Desde el punto de vista de la regulación biológica, su papel es especialmente relevante. Tanto las larvas como los adultos son depredadores activos de numerosos invertebrados a nivel de suelo, lo que los convierte en aliados naturales en la regulación de poblaciones que se comportan potencialmente como plagas. Son frecuentes sus capturas de larvas de dípteros que pupan en el suelo, lo que los sitúa como enemigos naturales de interés frente a plagas, como la dichosa mosca del olivo (Bractocera oleae), cuyas larvas pupan directamente sobre el suelo al arrojarse desde el fruto, encapsulándose como estrateguia de protección, pero que nada tienen que hacer frente a la depredación de nuestros protagonistas de hoy.
Además, los carábidos muestran una elevada sensibilidad a las alteraciones de su entorno, especialmente a la simplificación del hábitat y al uso de productos fitosanitarios. Por este motivo, son uno de los grupos de coleópteros más utilizados en estudios de evaluación de la calidad ambiental, impactos del cambio climático y análisis de biodiversidad funcional en sistemas agrícolas.
ESPECIES CONTROLADAS
La mayoría de los carábidos presentan hábitos nocturnos. Durante el día permanecen ocultos bajo la hojarasca, entre terrones de suelo, bajo piedras o troncos, saliendo al anochecer para cazar activamente.
Se trata de depredadores generalistas, capaces de alimentarse de una amplia gama de presas: huevos y larvas de insectos, pequeños artrópodos, babosas, caracoles e incluso, en algunos casos, pequeños vertebrados. Esta dieta amplia y flexible les permite adaptarse con facilidad a los recursos disponibles en cada agroecosistema y ejercer una regulación biológica constante y sostenida en el tiempo.
MEDIDAS PARA FAVORECER SU PERMANENCIA EN NUESTRO AGROECOSISTEMA
Favorecer la presencia de carábidos en nuestro agroecosistema pasa, en primer lugar, por respetar el suelo como un ecosistema vivo. Mantener zonas sin laboreo, reducir la intensidad de los trabajos mecánicos y conservar una cobertura mínima de restos vegetales o rocas, proporcionan refugio y estabilidad a sus poblaciones, al menos en una zona concreta de la parcela.
La presencia de pequeños elementos estructurales, como acumulaciones de piedras, lindes, márgenes no cultivados o restos de madera, resulta especialmente beneficiosa. Estos microhábitats ofrecen refugio diurno, lugares de reproducción y protección frente a las condiciones climáticas extremas. En definitiva, pequeñas decisiones de manejo pueden marcar una gran diferencia, permitiendo que los carábidos no sólo visiten nuestros agroecosistemas, sino que completen en ellos todo su ciclo vital y ejerzan plenamente su función como aliados silenciosos en la regulación biológica.








